viernes, 11 de febrero de 2011

En estos momentos quiero un café. Me encanta tomar el café sin azúcar, sentir su sabor amargo y su olor fuerte impregnado en mi cuerpo. No solo es por la cafeína que lo tomo, es por lo que representa. En verdad disfruto cuando lo tomo. He tomado café con leche, café negro, dulce, amargo, caliente, frio, lo eh bebido con música y algunas veces con la pareja, con la persona que te hace reír. Para mi esta el café de los amigos, que solo se disfruta cuando charlas con los allegados a tu corazón, cuando revives las viejas aventuras de la infancia y de la adolescencia, y ríes hasta más no poder. También está el café de las noches interminables, aquel que café que disfruto cada vez que avanzo en algún trabajo, proyecto, en algún escrito, y el trago entusiasta que le doy cada vez que escribo algo; y aquel trago desesperado cuando me doy cuenta de que lo que acabo de escribir esta mal. Hay un café que sabe a logros, a metas y a sueños realizados. En contraste esta aquel que tomo para llenar el vacío que ha dejado una persona cuando se va para no volver. ¿Alguna vez tomaste un café viendo al sol despertar? Yo si lo he hecho, más de una vez y su sabor matutino es una armonía que no solo te despierta, te dice que un nuevo día está comenzando y con él la oportunidad de hacer las cosas mejor.

Uno de los que más he disfrutado es el café solitario, que solo es acompañado por un buen libro, o los poemas de Neruda y Sabines, o se complementa con los pensamientos (o desvaríos) de mi mente enamorada. Se lo que probablemente estés pensando, dirás tal vez que soy un adicto al café, pero no, soy más un adicto a la vida y todos los momentos que creas en ella. En estos momentos quiero un café.

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